¡En caída libre!

Cuando salí por la puerta supe de inmediato que no había vuelta atrás, era el fin de una era. Minutos antes, había tenido una de esas incómodas conversaciones de trabajo donde no sabes si te están invitando a marcharte o te están presionando para que rindas al máximo y te quedes en la empresa. Una ambigüedad que, de igual manera halaga tu trabajo, como también somete a juicio tu entrega.

Entre dos mares

Allá, al otro lado del teléfono, mientras habla mi madre, oigo la melodía  del carrito de los helados y la bocina del vendedor de “raspao” esa especie de granizado caribe que venden en las calles de Barranquilla para matar el calor. Por un momento estoy allá, pero en realidad me encuentro suspendida, como un cable de teléfono, como una cuerda que no quiero tensar por miedo a que se rompa,