Los fantasmas de la violencia de género

Los fantasmas de la violencia de género

Estudié en un colegio de monjas de una ciudad grande con una sociedad pequeña, donde todo, al mismo tiempo, se ocultaba y se sabía. Recuerdo que hubo una edad en la que a mis amigas y a mí nos fascinaban las historias de fantasmas, y nos enfrascábamos en una especie de competición para ver quien contaba la historia que consiguiera hacernos gritar de miedo. La que más recuerdo de todas es la del fantasma de una joven/niña que “decían” había sido asesinada justo en el lote baldío que lindaba con el patio de recreo, porque una vez alguna de mis compañeras la contaba, todas salíamos corriendo despavoridas.

Probablemente, y con buenas intenciones, los adultos creaban esas historias para proteger a sus hijas, porque surtían efecto. Nadie se acercaba a la reja que separaba ese monte de la seguridad que nos ofrecía el colegio. No faltaban las advertencias de religiosas y profesoras: no podíamos aceptar regalos de desconocidos, ni comprar mangos o cualquier fruta tropical que vendieran en la puerta del colegio, porque ese era el recurso que utilizaban quienes “se llevaban” a las niñas. Tampoco podíamos caminar solas a casa porque podía pasarnos algo, y así crecimos, entre el miedo y el desconocimiento de lo que realmente sucedía.

La primera vez que supe con certeza que una mujer había muerto de forma violenta tenía 7 años. Se trataba de Luisa Fernanda Kaled, una joven de 16 años que estudiaba en mi colegio y había sido asesinada junto a su tía Nina y su abuela Lucía un lunes de carnaval. La noticia se extendió en medio de comentarios acerca de la relación de su tía con el asesino, pero yo no entendía nada de eso. El miércoles de ceniza, al volver del puente, la directora del colegio nos habló de “la tragedia” y nos pidió encarecidamente rezar por la joven, yo no sabía muy bien porqué, ¿por su alma? ¿acaso no iría al cielo? ¿era que había cometido algún pecado?

Siempre se hablaba del “caso de las Kaled” como el suceso que cambió para siempre el imaginario de ciudad pacífica que tenía Barranquilla y que generó una serie rumores que llenaron los periódicos de noticias falsas y perfiles del joven asesino estudiante de Medicina. Nunca se habló de ellas, ni de Jackqueline Caballero una mujer de negocios asesinada cuando llegaba a su trabajo por un sicario pagado por su esposo, ni de la niña Liliana Jaramillo Lopera, cuyo cuerpo iba ser abandonado en el monte donde fue capturado su violador y homicida -de donde, sospecho, proviene la historia que tanto nos asustaba de niñas en el patio del colegio. Ni de los sueños de Nancy Mestre, abandonada en la puerta de un hospital con una herida de bala en la cabeza una madrugada de año nuevo. Ni de la carrera profesional de Clarena Acosta -a quien nadie conoce porque su caso fue bautizado con el nombre de su marido.

En España, la situación no es muy distinta. Hace unos días apareció el cadáver de Diana Queer, una joven desaparecida en Galicia después de año y medio de búsqueda infructuosa y gran especulación mediática acerca de su vida privada, la de su madre y la de su hermana. Y la cuestión sigue siendo la misma, cada vez que aparece en la prensa la violencia machista, en cualquiera de sus formas, se suceden, uno tras otro, los mismos rituales de advertencias y restricciones parentales a chicas jóvenes y adolescentes, como si el peligro estuviera sólo en las calles, como si los asesinos y violadores fueran sólo desconocidos. Advertencias que terminan alimentando historias y mitos urbanos donde los fantasmas de ellas deben que seguir penando porque murieron violentamente y en cambio no aparecen quienes que fueron capaces de quitarles la vida.

Sus fantasmas, los fantasmas de la violencia de género, de las mujeres de Barranquilla o las de cualquier ciudad del mundo, los casos de las que tienen nombre y de las que hemos olvidado porque no tenían la clase suficiente para aparecer en el periódico (indigentes, sin papeles, inmigrantes, prostitutas) siguen vivos. Reclaman un lugar en el imaginario de nuestras ciudades, reclaman ser reconocidas como víctimas, no como protagonistas de rumores, mitos y leyendas. Reclaman que las niñas y las mujeres sean educadas para entender que tienen derecho a comerse un mango comprado en la calle y a caminar solas hasta su casa, pero que hay hombres que matan mujeres porque se sienten con el poder para hacerlo, porque para esos hombre tan sólo somos mujeres.

Pero también reclaman que padres y madres eduquen a sus hijos, jóvenes y adolescentes para que traten a las mujeres como personas de libre albedrío, que pueden decir que No, porque No son objetos que ellos puedan manosear a su antojo y sin consecuencias. Que sean educados en la igualdad, para No acosar, No maltratar, No forzar, No violar y No matar mujeres. Que entiendan que esos hombres a quienes los diarios dedican toda su atención cuando se produce la violencia de género, no los representan. Porque al margen de sus excusas expiatorias esos hombres acosaron, forzaron, violaron o mataron a sus novias, mujeres, amantes, amigas, vecinas, a compañeras de estudio o de trabajo y también a niñas que cazaban en la calle.

¿Cuántas veces no hemos leído o escuchado que se excusa a los agresores aduciendo problemas mentales o de drogas? La violencia contra las mujeres no es una enfermedad mental, es una enfermedad cultural. El día que todos y todas lo entendamos y empecemos a trabajar juntos para erradicarlo, podremos dejar de por rezar por los fantasmas de esas mujeres, jóvenes y niñas asesinadas, sólo entonces encontrarán el verdadero descanso.
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2 comentarios


  1. Así es, sólo cuando entendamos que el machismo no existe que sólo hay hombre- mujer con su valores, cualidades, sólo entonces como dice mujeres en travesía, dejaremos nuestros miedos atras.
    Sólo te faltó el caso de Juanito. El hombre que se se quería operar para ser mujer y asesino a sus padres.

    Felicitaciones por tan excelente reportaje de una realidad que se grita en silencio.

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    1. Así es, Nesly, tú has vivido también estas historias, y lo sabes. Tenemos que seguir educando a nuestros hijos e hijas en estos temas. Gracias por leernos!

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