¡Ni me mires, ni me toques!

¡Ni me mires, ni me toques!

Por años, las mujeres del Caribe colombiano hemos sido víctimas de algo que recientemente ha obtenido el derecho a ser llamado por su nombre: acoso sexual callejero*, una invasión del espacio público por el que transitamos y en el que nos encontramos expuestas a diversos tipos de agresión, verbales o físicas.  Es así como una simple sonrisa o una búsqueda de contacto visual puede desencadenar una cantilena de frases morbosas y miradas lascivas, gestos con las manos, incluso la masturbación, hasta llegar al verdadero acoso físico (toqueteos, arrinconamientos, besos, etc), ejecutados singularmente, o con la ayuda de un grupo.

Cabe evidenciar que el clima tropical nos ha permitido vivir a las mujeres de mi ciudad, una relación privilegiada, a nivel estético y sensorial con nuestro propio cuerpo, que se refleja en el uso de shorts, vestidos cortos o prendas ligeras sin restricciones.  Afortunadamente, el acoso no ha limitado ni la espontaneidad, ni la libertad en la manera de vestir, pero sí nos ha condicionado el derecho de libre tránsito peatonal por algunos sectores de la ciudad y de sentirnos seguras y respetadas cuando transitamos solas, a cualquier hora del día.  No es un secreto que en algunas zonas de Barranquilla (Colombia) y, en particular, en algunos puntos del Centro Histórico, caminar por ciertos andenes equivale a ser acosadas por medio de gestos y frases bien subidas de tono… inimaginables. Siempre me había preguntado si el calor imperante en mi tierra no sería el responsable, pero el acoso es un mal que existe en todos los lugares donde el machismo haya conquistado el territorio.

Francesca Crispo, @chiquitapiconera, se apoya a una baranda donde ocurrió un acoso. Foto cortesía, Francesca Crispo

Es así como, ojeando las redes sociales, encuentro el relato de acoso sufrido por Francesca Crispo (conocida en redes como @Chiquitapiconera), nuestra escritora italiana residente en el Barrio de Lavapiés (Madrid), una ciudad en la que me resultaba impensable que un desconocido arrinconase una mujer por la calle para susurrarle cosas al oído, y mucho menos que ante un grito de defensa tuviese la osadía de insultarla:Me dijo: Voy a acordarme de tu cara, p*ta”. Ella piensa que el mensaje estaba clarísimo: “tú, mujer, estás destinada a convivir durante toda tu existencia con el miedo, esa sensación que yo, hombre, puedo alimentar desde mi posición de privilegio. Le contesté que si quería podía sacarme una foto porque no pensaba dejar de pasar por allí por el temor de volver a encontrármelo. Lo que me reconfortó fue ver cómo en pocos minutos esa calle (que estaba vacía, eran las 12 de la noche de un miércoles de principios de junio) se llenó de gente que acudió de varias calles cercanas y me rodeó, lista para intervenir si las cosas se ponían mal. En Lavapiés nunca estás sola y eso no pasa en cualquier barrio”.

Una sticker ha sido pegado en el lugar del acoso, Barrio de Lavapiés(Madrid). Foto cortesía de @aquimeacosaron

Para Francesca fue fundamental delimitar ese espacio donde fue acosada, bajo la ideación de un sticker o pegatina con la frase Aquí me acosaron, una iniciativa que circula desde hace tres meses por las calles y muros de Madrid, y algunas ciudades españolas, hasta llegar a Córdoba (Argentina), lugares en donde las mujeres que han sufrido acoso sexual callejero han tenido el valor y el deber moral de pegar los stickers no sólo en postes o paredes, sino en  portátiles, y sobre  todo tipo de objetos, testigos de aquel momento y de la propia historia. Tras una noche en vela después de la agresión, al día siguiente me levanté y pensé “si esto me afecta tanto es porque para mí no es justo”, pensé. “Y si no es justo habrá que hacer algo para cambiarlo”. Encendí el ordenador, abrí Photoshop y en unas horas tenía mis pegatinas diseñadas con la frase (que se ha convertido en el nombre de la acción) “Aquí me acosaron”. A los pocos días ya estaban impresas y empecé enseguida a repartirlas entre mis amigas que viven en varios sitios de España, explicándoles cuál era la modalidad de la acción: pegarlas en los sitios donde habían sufrido episodios de acoso, sacar una foto y compartirla en las redes sociales, contando lo ocurrido.

Francesca abrió una página en Facebook, una en Instagram y otra en Twitter,  además de crear el hashtag #aquimeacosaron, para movilizar las mujeres hacia una utilización más eficaz del concepto. “Son varios los puntos de fuerza de esta acción: por un lado, dar la posibilidad a esas mujeres que normalmente no se darían la vuelta para reaccionar a un acoso (por miedo, vergüenza, prisa o lo que sea) de denunciar lo que han sufrido; por otro, marcar el territorio y reapropiarnos de éste”.

Para muchos estudiosos, el espacio público ha sido catalogado como “masculino”, “ un lugar donde las mujeres no fueron invitadas o más bien, fueron invitadas bajo reglas colocadas por la visión masculina”. Así lo explica la docente e investigadora Pamela Flores, directora del proyecto educativo y documental Mi Huella Azul (Universidad del Norte, Barranquilla), que involucró estudiantes de diversas disciplinas para apropiarse del espacio público e intervenirlo con prácticas artísticas que reflejan la exigencia de las mujeres por el derecho a transitar libres, seguras y respetadas por la ciudad:  “lo más interesante es que los estudiantes y sobretodo, las estudiantes que no veían el acoso como un problema, o que lo veían como una situación “normalizada” cambiaron sus percepciones y determinaron que era algo contra lo que había que luchar y que no tenían porque soportar”.

Nos tocó vivir una sociedad mediatizada, en la que redes sociales, páginas de colectivos y  sitios web feministas, aparecen a manera de cuerda de rescate en medio de una feroz tormenta, a ambos lados del Atlántico.  Son espacios que propician el intercambio y la denuncia de experiencias, además de permitirnos entrar en contacto con otras mujeres que han vivido de igual manera ese desagradable momento.  De seguro, volveré año tras año a mi ciudad de origen, y espero con vehemencia que todos estos movimientos sociales empiecen a dar frutos, y que ese “psstttt” que he escuchado en ocasiones cuando algún desconocido ha querido irrumpir en mi espacio, no sea sino para indicarme algo realmente importante, de lo contrario, es mejor que…”Ni me mires! Y mucho menos, que me toques!

Otras iniciativas y/o Proyectos que conocemos trabajan contra el acoso callejero en Facebook: Mujeres con Poder, Observatorio contra el Acoso Callejero Colombia (también existe en México, Guatemala, Nicaragua, Chile, Bolivia, Uruguay, …), Reevolución Global.

*Acoso sexual callejero: Son prácticas de connotación sexual ejercidas(silbidos, insultos, toqueteos, masturbación, besos, persecución, miradas lascivas) por una persona desconocida, en espacios públicos como la calle, el transporte o espacios semi públicos (mall, universidad, plazas, etc.); que suelen generar malestar en la víctima. Estas acciones son unidireccionales, es decir, no son consentidas por la víctima y quien acosa no tiene interés en entablar una comunicación real con la persona agredida. (Observatorio contra el Acoso Callejero | Observatorio contra el Acoso)