Fe, Madre

Fe, Madre

Escrito por @Silvia Visbal, comunicadora social y escritora

Creo que para quien elige tener un hijo, salido del cuerpo propio o del alma como en el caso de las que adoptan uno, es una experiencia de fe. Lo ha sido para mi.

Desde siempre tuve claro que gran parte del sentido de mi vida estaría dado por la posibilidad de ser madre, y cuando fue un hecho cierto casi puedo decir que partió mi historia en dos:  Un antes y un después de Ana Karina y María Gabriella.  Antes y después de la maternidad que decidí vivir aún siendo madre soltera.

Foto, Jamie Taylor, Unsplash

Desde el principio ha sido creer en una promesa, primero la que significaba su espera antes de verles, y después otra, la de construir los días con ellas y por ellas, aún trasnochada, cansada, desesperada por ratos, siendo responsable de su vida, recibiendo como un impulso su crecimiento diario unido a las pequeñas-grandes victorias que se derivan de su aprendizaje, y el éxito o fracaso de las estrategias para enfrentar su carácter, porque cada una es un universo tan distinto y tan rico en cosas que quedan por  descubrir.

En ese camino que elegí he contado con mi madre para asistirme en su cuidado y es algo que agradezco profundamente. Ningún hijo es igual a otro pero la experiencia de una abuela o un familiar cercano funciona como linterna y bastón, sobre todo cuando a diario debes cumplir con una jornada de trabajo fuera de casa, aunque al volver sigas siendo mamá, además de la mujer, la profesional que no puede dejar morir sus propios sueños, pese a las pausas que pueda significar ser madre.

Pienso en las que no lo eligen y se hallan ante esa realidad por accidente, error de cuentas,  irresponsabilidad, ignorancia o falta de carácter para defender su negativa a serlo en una pareja. Unas dan el paso adelante y optan por la vida, para otras la experiencia puede ser traumática, tanto que en muchos casos la culpa, la desesperación y la rabia les lleva a transferir la responsabilidad de sus carencias al ser que aún no puede presentar argumentos de vida y los borran antes de que nazcan o los abandonan a su suerte, la peor casi siempre. En Colombia, Sarita Salazar es el ejemplo reciente más trágico de  dónde conduce el abandono, y como ella hay miles  de casos  de niños y niñas abusados sexualmente, torturados y  asesinados en manos de personas a quienes fueron entregados, que no se  divulgan en la  prensa pero que existen dolorosamente, no sólo en este país sino en el mundo.

Tener un hijo no es una obligación, es una opción de vida. Hoy está claro que ser mujer no implica poseer “instinto maternal”. No todas sentimos ese deseo responsable e ilimitado de protección y entrega por un niño. No todas nacimos para ser madres y es completamente respetable que así sea. Este es un hecho biológicamente impuesto por la naturaleza, si tenemos en cuenta que hasta la fecha sólo las hembras podemos concebir, pero es emocionalmente electivo en el sentido de que cuando se elige conscientemente, la apuesta es por actuar con coherencia y proteger, cuidar, formar, defender y hacerlo libremente en un mundo en el que las aparentes libertades sin fronteras, propuestas desde la infancia, son cárceles y armas letales más efectivas que cualquier bomba nuclear.

Foto de Danielle Macinees, Unsplash

Si hay un deseo auténtico de hacer crecer un hijo como proyecto humano ni siquiera el género es un limitante. Entre mis amigos hay hombres que crían niños ante la ausencia de la madre, y son ellos,  quienes aparte de ejercer las  funciones domésticas, vinculadas a las mujeres culturalmente, los educan y forman, hacen de ellos seres valientes e independientes y sobretodo les enseñan a amar con transparencia. Son mis héroes, lo confieso. Son guías de vida, más “madres” que muchas que parieron con dolor y sin deseo de serlo.

En todos los casos, a mi juicio, la maternidad emerge como oportunidad continuada de amar con honestidad  que también es, en un sentido más amplio, una cuestión de fe.  Jamás habrá una fórmula  de producción de madres o  un manual  para eliminar completamente el margen de error que implica su ejercicio diario en el que serán interminables las pruebas pero, el amor, honesto, convencido y sólido puede ser la luz en el camino.

Fe, madres. ¡Feliz día!