Horneando dulces recuerdos

Horneando dulces recuerdos

Quizá uno de mis recuerdos de infancia más preciados es el olor de un pudín casero horneándose. Puedo ver a mi madre batiendo y vertiendo la masa en el molde de aluminio listo, recién engrasado y enharinado. Me veo a mí misma, pequeña, metiendo un dedo en la mezcla, intentando capturar su sabor, así, crudo, como me gustaba, antes de entrar al horno. Pero lo que perdura en mis recuerdos definitivamente es el olor del pudín anunciando que está casi listo.

Lograr el efecto “derrame” del famoso “drip cake”, es todo un reto. Foto: archivo personal.

Me gusta la repostería. Tal vez el recuerdo inconsciente de mi madre horneando por las noches tuvo su efecto. Luego de varios cursos, investigación e incluso de dictar clases de culinaria, ella dedicó varios años a diseñar, decorar y vender pudines -como llamamos en la Costa norte de Colombia a la torta, bizcocho o ponqué- mientras criaba a tres niños pequeños. No sé cómo lo hizo, pero debió ingeniárselas para lograrlo; sólo ahora, entiendo la energía, esfuerzo y dedicación que se requieren para alcanzar el horneado y la textura perfecta, sobre todo mientras tienes múltiples actividades.

Yo en cambio, nunca he hecho un curso de cocina. Autodidacta, con inspiración desde la casa, investigo y me instruyo rigurosamente intentando mejorar y diversificar mis recetas para llevar a otros a explorar sabores y generar recuerdos.  Procuro utilizar los ingredientes de mejor calidad, ¡tengo fobia a las mezclas preparadas! Y es que la repostería es ciencia de la precisión y la paciencia: las cantidades exactas de ingredientes se mezclan en el orden preciso, para lograr la consistencia y el acabado deseado. El mínimo error puede alterar significativamente el resultado.

Aquellos que me conocen saben cuánto disfruto de la cocina en general pero, sobre todo, de la preparación de postres y pudines. Los que no me conocen tanto, aún se sorprenden al saber que, además de mi profesión “oficial”, la repostería es una pasión que me esmero por perfeccionar. “Sí, lo hice yo”, me toca confirmar una y otra vez, abogando por mis recetas ante incrédulos y conocidos. Por alguna época, dejé de practicarla a menudo, pero al llegar a Montreal y al verme expuesta a una gama de patisseries en esta ciudad con gran influencia francesa, mi conexión con la repostería se reactivó y con ello, fui consciente de que ha estado ligada a mi infancia, a mi país y a mi memoria desde siempre.

No supe sino hasta hace poco cuánto recuerdan mis brownies algunos ex-compañeros de universidad. Foto: archivo personal.

Hornear para otros: Terapia culinaria
Después de todos estos años, he descubierto que la repostería va mucho más allá del simple proceso de crear algo dulce. Ya lo intuía, pues cada vez que horneaba disfrutaba tanto del proceso como de la satisfacción reflejada en el rostro y el paladar de quienes probaban el resultado final. Un artículo que leí recientemente, sobre los beneficios psicológicos de la pastelería, me lo corroboró. De repente me di cuenta que, como lo mencionaba el artículo, disfruto mucho más de la repostería cuando horneo para otros. Es rara la vez que cocino un postre para mí, sólo por placer. Mi pasión empezó a tomar forma, de hecho, cuando estudiaba en la universidad y cada semana llevaba brownies y chocolates al campus. Todavía tengo compañeros de clase que me recuerdan por eso.

Los que amamos la repostería encontramos siempre alguna excusa para hornear: el cumpleaños de un familiar, una cena de fin de año, la despedida de un colega, el nacimiento del bebé de un amigo. La repostería es, según algunos investigadores, una forma de auto-expresión y comunicación. Mientras facilita la expresión creativa, ayuda a liberar el estrés, al mismo nivel que lo hace la pintura o la música, por ejemplo. Más aún, cuando se hornea para otros, la repostería ayuda a comunicar sentimientos y emociones. Un psicólogo, investigador de la Universidad de Massachusetts analizaba la simbología cultural del hecho de ofrecer comida a alguien, señalando que para algunas personas el verbalizar los sentimientos puede ser abrumador y sólo la comida puede comunicar lo que se trata de decir: “manifestar agradecimiento, simpatía o aprecio se hace entonces a través de los alimentos horneados”, concluía.

La comida es transcultural; nos ayuda a socializar y a relacionarnos de formas inexplicables. Ofrecerle un postre a alguien que va a apreciarlo, puede ser tan reconfortante para el que lo ofrece como para aquél que lo recibe. Una terapista especializada en arte culinario afirma que “el ofrecer comida a alguien es en realidad una expresión de amor con la que todos podemos identificarnos”.

Aquí el resultado final del pudín que tuve en mente mientras escribía este artículo. Foto: archivo personal.

Incluso, algunos consideran que la repostería es una práctica reflexiva de meditación (mindfulness), pues requiere mucha concentración y atención. Al tener que medir, enfocarse en la preparación de la masa, además del aroma y el gusto, la mente se enfoca en el presente; ese acto consciente en el presente puede llevar a una considerable reducción del estrés. Es justo lo que me sucede: al tener que pensar paso a paso en cada uno de los ingredientes, en las etapas de la preparación de un pudín y su posterior decoración, sin perder de vista la receta final en su conjunto, siento que encuentro una manera concreta de abstraerme del día a día y de enfocar mi atención en una actividad productiva puntual, que además de relajarme, tiene el componente extra de ser disfrutada por los otros.

Hasta ahora para mí la repostería ha sido una práctica alternativa, una pasión personal y privada que comparto con mis familiares y amigos, y una forma de decirles, sin palabras, pero con aromas y sabores, el aprecio que siento por ellos. Quién quita y llegue a convertirse en algo más. Tal vez no sea casualidad que ahora dedique noches y fines de semana a investigar nuevos métodos y a hornear sin excusas.

Para no olvidar de dónde proviene esta pasión y mantener el vínculo que establecimos hace mucho -cuando a escondidas probaba sus masas- sigo consultando a mi madre sobre trucos y consejos que nadie mejor que ella sabrá darme.  El aprendizaje es continuo. Mientras escribo este artículo tengo un pudín en mi mente, muy pronto entrará al horno.

3 comentarios


  1. Creo que muchas mujeres lectoras de tus artículos nos hemos sentido identificadas con las emociones que plasmas. Sigue divirtiéndonos al compartir tus escritos.

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      1. Gracias Clara! Qué bien generar empatía y lograr transmitir emociones a través de palabras y experiencias con las que muchos se identifican!

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