Ambas Orillas: la travesía de Lina

Ambas Orillas: la travesía de Lina

Siempre tuve un sueño, viajar y conocer el mundo.  Desde muy joven tenía esa inquietud, motivada por las experiencias de los amigos del barrio que habían tomado la decisión de irse del país en busca de mejores horizontes  debido a que sus situaciones personales habían empeorado, por falta de trabajo, deudas o la enfermedad de algún familiar. Conociendo esas vivencias de primera mano, sabía que el camino no era fácil ya que llegar a un país  para luego quedar en condición de emigrante sin el estatus de residente (indocumentado), daba lugar a  trabajar en cualquier ocupación.

Lo cierto es que hay diferentes formas de emigrar: hay quienes sólo van a estudiar un idioma o a hacer una especialización en su carrera, otros por amor,  algunos a raíz de un contrato laboral, etc.  Cada uno de estos tipos de inmigración conlleva condiciones específicas para su ejecución,  en algunos,   el nivel de incertidumbre se reduce gracias a la información con la cual se parte y la factibilidad de encontrar personas del propio núcleo familiar y conocidos que podrán proporcionar orientación.  En todo caso, hay que considerar que al llegar a un determinado país, sus propios nativos o ciudadanos  también se han preparado para labrarse un futuro y es como comenzar desde cero ya que toca demostrar de que estamos hechos, comenzar desde abajo con humildad y ser determinados en trabajar , trazando objetivos que no estén  simplemente relacionados con la  supervivencia.

Particularmente, mi proceso migratorio fue una aventura ya que era completamente inconsciente  del cambio que se avecinaba.  Previo a emigrar, no busqué ningún tipo de información específica de cómo sería el país, los tipos de profesiones que tenían más salida ocupacional y la calidad de vida que tenían sus habitantes.  Al llegar a la tierra que me dió las nuevas oportunidades estaba algo cansada por el largo vuelo y el cambio de hora,  pero eso no fue un impedimento para sentir una gran alegría. Todo a mi alrededor me generaba curiosidad.  De repente surgieron un conjunto de dificultades, tensiones y situaciones, además  de esfuerzos a los que tenía que enfrentarme.

Aún recuerdo mis primeros días en España, el salir a la calle y tener ese cara a cara con la ciudad y su gente, enfrentarme a un ritmo de vida diferente, un país en  que las entidades financieras y las administraciones públicas sólo atendían al público por la mañana y donde  el tono de voz de los españoles me parecía tan alto que en muchas ocasiones pensé que discutían y en realidad, sólo era una simple conversación. Son ejemplos de situaciones habituales, que para mí eran incomprensibles y que, en cierta forma, me afectaron. Muchas veces sentí que aquella persona que un día llegó se había roto en pedazos. Sólo con el transcurrir del tiempo he ido uniendo todas esas piezas, en medio de los altibajos de mi nueva vida, que se vió fortalecida con las experiencias y enseñanzas que he aprendido aquí.  Aunque, todo lo que había en mi país a mi alrededor ya no estaba: la familia, los amigos, la lengua, la cultura, las costumbres, la religión, los valores, el estatus social, el trabajo, la vivienda, los paisajes, colores y olores. Y al inicio,  eso se vive como una pérdida, no material pero si existencial. Un duelo.

No obstante, hay personas que piensan que vivir en el extranjero es sinónimo de riqueza y bienestar inmediato. Se equivocan. Para lograr algo de estabilidad hay que trabajar duro, renunciar a muchas cosas y sacrificarse por otras En medio de este choque de culturas y el llamado proceso de “adaptación”, ¿dónde queda nuestro país de origen?, siempre estará muy arraigado a nosotros,  no desaparece aunque tengamos presente que no hacemos parte integrante, bajo la posibilidad de regresar definitivamente o simplemente ir de vacaciones y disfrutar con la familia de origen. Ese ir y venir emocional y los vínculos con nuestro país de procedencia es lo que nos ayudará a cimentar las bases para nuestra adaptación. No debe vivirse como una pérdida ni como un duelo, sino como una riqueza.

Partiendo, foto de @LinaScarpatiManotas

Como escribía el filósofo Horacio: “Los que atraviesan los mares cambian de cielos, más no de preocupaciones”. Cuánta verdad hay en esas palabras, el mundo es “igual” en todas partes, es decir, la humanidad tiene la misma finalidad no importa en qué país se encuentre. Buscamos ser felices, tener las mismas oportunidades y lograr una estabilidad laboral y emocional.  Hoy, echo una mirada atrás y me siento orgullosa de haber tomado aquella decisión, saber que he recorrido un largo camino, que he librado muchas batallas y aunque no todas las he ganado, tengo la confianza que puedo reinventar mi vida en cualquier lugar porque soy una ciudadana del mundo.

1 comentario


  1. Pienso que todo proceso migratorio es un choque, desde todo punto de vista.. un choque de tu propia vida a la que tienes que enfrentar fuera de tu esfera… se ganan experiencia, hay que desprenderse de otras vivencias.. pero a la final, prevalece el espiritu de sobreviviencia con esos valores que se han adquirido desde la niñez…
    y como bien dice la autora en su articulo.. “se cambia de mares pero no de preocupaciones”

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