Desmitificando el transporte público

Desmitificando el transporte público

Salgo corriendo de la estación del metro para alcanzar el bus de las 11:50 a.m.; según Google maps son 10 minutos hasta mi destino. Quedé en verme con una amiga a medio día para ir a recorrer un bazar de antigüedades. Llego a la parada justo a tiempo; el bus 45-S ya está ahí, así que por fortuna sólo tengo que alinearme a la fila de pasajeros que avanza lentamente. Frente a mí, una docena de personas, entre adolescentes, ancianos, hombres y mujeres con paquetes y coches de bebé, ya están abordando. Mientras la alarma automática del bus anuncia que va a descender la plataforma móvil para que un chico en silla de ruedas pueda subirse, todos se corren a un lado, haciendo espacio para que pase con su silla.

Acabo de regresar de unas vacaciones en Colombia. Estando allá, fue imposible no darme cuenta lo mucho que ya me había acostumbrado a que el bus tenga un horario, hacer fila para subirme y que los pasajeros compartan todo tipo de perfiles, por no decir antecedentes socioeconómicos. Mi experiencia de vida había sido otra.

Muchos estudios han encontrado una relación estrecha entre la inclusión social y un sistema de transporte público exitoso. Para nadie es un secreto que en muchas ciudades de América latina el transporte público está pensado como un sistema que busca suplir las necesidades de la clase media o baja, con acceso limitado a un automóvil propio. Más aún, movilizarse en bus, es percibido negativamente en el entorno social. No es común llegar o salir de un bar o una reunión social nocturna en autobús; y si vamos de compras, es poco probable que regresemos a casa, cargados de paquetes, en un medio distinto al automóvil. Ni qué decir de las personas con algún tipo de discapacidad, que escasamente pueden salir de sus hogares e integrarse activamente a la sociedad por la imposibilidad de tener acceso al sistema y la limitada adecuación de éste. Al contrario, tener automóvil y movilizarse en uno es símbolo de estatus.

Desde que vivo en Canadá he experimentado cómo un buen transporte público es un indicador de la intención de una sociedad de ser igualitaria. La libertad que provee gracias a la movilidad para todos es invaluable. Un sistema de transporte colectivo eficiente llega a impactar de tal manera la calidad de vida del ciudadano, que éste se vuelve responsable y veedor del bien común, apropiándose de lo público: de su entorno y del significado mismo que la palabra encierra. Empieza, no sólo a valorar los espacios físicos por donde transita o se moviliza, sino a vivir la ciudad, disfrutarla y recorrerla cambiando la forma en que se relaciona con ella: la vive.

En Montreal, el 66% de usuarios del metro posee un automóvil. Aún así, privilegian este transporte para movilizarse. Foto: archivo personal.

En Montreal, el sistema de transporte es integrado y gerenciado por la ciudad. Para un recién llegado, la diversidad y la organización del sistema sorprende: bus, metro, trenes suburbanos y alimentadores están interconectados y funcionan con una misma tarjeta magnética. Aunque el estándar de vida es alto y la oferta automotriz muy económica, anualmente, 22% de los ciudadanos de Montreal se movilizan en transporte público (metro o bus), cifra que contrasta con un 2%-10% en el resto de Canadá (a excepción de Toronto, 23%).  Lo que más me sorprende es la calidad del servicio. El sistema no es perfecto, pero con mejoras continuas, una cobertura y operación extendida es muy eficiente.

Cuando recién inmigré, debí adaptarme a los horarios y a las rutas que ofrece el operador de transporte público: ahora calculo no sólo las horas de salida, sino las de regreso a mi casa. Las estaciones y terminales están ubicadas cerca a los espacios públicos de mayor tránsito ya sean escuelas, universidades, parques, aeropuertos, centros financieros, etc.  En casi todas hay una segunda alternativa para poder movilizarse: bicicletas o carros en alquiler completan el recorrido. Ni qué decir de la adecuación del espacio de los articulados y la percepción de seguridad y de accesibilidad que se respira. El transporte me hace sentir más que pasajera, ciudadana.

Durante el verano, puntos de alquiler de bicicletas, de tipo ‘autoservicio’, se ubican por todo Montreal. Foto: archivo personal.

Si la integración parcial o total de un sistema de transporte ya es un indicador de inclusión, la relación entre éste y la promoción del crecimiento sostenible lo es aún más. Aquí he podido percibir muchas estrategias para alentar el disfrute de lo público, mientras se busca lograr un sistema sostenible con actividades que van desde cambios tecnológicos hasta de hábitos. Por ejemplo, tácticas para el cambio de comportamientos incentivan la reducción del uso del automóvil, alentando el uso compartido de vehículos o pasándose a métodos menos contaminantes.  En Montreal, incluso, los viajeros que van a destinos puntuales, comparten el medio de transporte: el “covoiturage” o la conducción compartida es muy común. Un conductor y un pasajero se ponen de acuerdo virtualmente para compartir viaje a un mismo destino. Ahora, si por alguna razón el bus o el metro no son la mejor alternativa, la ausencia de automóvil no es un problema: el servicio de “communauto” permite alquilar automóviles, en su mayoría eléctricos o híbridos, por horas y a tarifas muy accesibles. Distintas unidades, puntos de recogida y parqueo preferenciales están disponibles alrededor de la ciudad. Lo que es curioso, es que, en resumen, la posesión de un automóvil no determina el estatus social de un ciudadano y su uso es, más bien, desincentivado mediante programas institucionales que responden a una política pública integral.

Nunca he tenido automóvil. Antes pensaba que era un dolor de cabeza enfrentar el tráfico de Bogotá y, ahora, siento que he descubierto una forma de vivir la ciudad: me adapto a ella y la disfruto. No voy a mentir si digo que para poder recorrer los alrededores es una gran ventaja hacerlo en carro, pero con la licencia y un communauto puede bastar.

Una voz mecánica me alerta: “prochain arrêt Papineau et Rosemont”. Miro mi reloj: son las 12 m. Me alisto para bajar; una fila de gente espera en la parada, listos para subir.