Profesión: madre con máster en Networking

Profesión: madre con máster en Networking

*Marjorie Eljach

Hace algunos años mi cuñada me contó que asistió a un taller de networking, ella no sabía exactamente de qué se trataba pero le sonaba a nueva tendencia y a algo imprescindible para sobrevivir en el mundo contemporáneo. Atendió a la clase con juicio pero cuando el profesor comenzó a contar qué era eso del networking ella pensó: “¡Pero si esto lo he hecho yo toda la vida!”

Y sí, efectivamente lo había hecho toda la vida, no solo a nivel laboral sino personal, porque mi cuñada es una mujer de negocios con tres hijos, al igual que muchas madres de mi generación y de generaciones anteriores, que se enfrentaron al mundo a pelo: sin Internet, sin teléfonos móviles y sin Play Station.

Nuestras madres y las que fueron madres en los años ochenta e incluso hasta principios de los noventa, eran expertas, por ejemplo, en lo que yo llamo networking de parque y cumpleaños. ¿Quién no se recuerda agobiado llegando a un cumpleaños en el que no conocía a ningún niño? Creo que todos lo hemos vivido. Pero también vivimos ese momento en el que nuestra madre nos tomaba de la mano y nos llevaba a conocer a otro niño que estaba en la misma situación. Ella hacía las presentaciones formales y por supuesto nos mandaba a jugar de inmediato. En el parque hacía exactamente lo mismo mientras nos moríamos de la vergüenza, porque no contenta con relacionarnos con niños solitarios, se acercaba a un grupo y sin ningún reparo daba la orden de que fuéramos incluidos de inmediato en lo que estuvieran jugando, y a la voz de mando de una madre no hay quien se atreva a decir que no.

Al final acabábamos de amigos de toda la vida del niño solitario del cumpleaños, formando un equipo de fútbol o de baloncesto con los del parque y agradeciendo a nuestras madres su habilidad para relacionarse y ayudarnos a relacionarnos con otros.

Personalmente, poseo una habilidad natural para el networking y es gracias a haber visto hacerlo a mi madre desde siempre. Su capacidad para relacionar a unas personas con otras era tan eficiente como una red neuronal y se ponía en marcha cuando alguien expresaba una necesidad, que podía ir desde un empleo hasta un carpintero, pastelero, o profesor de jardinería. Su cerebro trabajaba a una velocidad increíble aún a sus noventa años de edad, y de inmediato conectaba a Fulano que era amigo de Mengano, “que es quien te lo va a presentar para que te ayude con tu problema, tú dile que vas de mi parte”. Pero la cosa no terminaba allí, si a la persona en cuestión le daba vergüenza llamar por teléfono a un desconocido, ella no tenía reparos en hacerlo. Levantaba el teléfono, le pedía a Fulano el teléfono de Mengano, llamaba a Mengano, le decía quién era ella, quién era el necesitado y que en media hora estaba en su casa.

Pues bien, a esto se le dio el nombre de networking porque en este mundo existe la necesidad de nombrar y etiquetar todo, y porque no a todas las personas se les ocurre hacerlo, ya que para ello además de la capacidad de conectar a unas personas con otras hay que conocer a esas personas y por supuesto tener una red de contactos no solo de la vida profesional sino de la vida personal, y más importante aún, tener habilidades sociales, algo de lo que carecen muchos sobre todo en estos tiempos en los que estamos más horas de nuestra vida pegados a las pantallas de los ordenadores y de los teléfonos.

Somos más empáticos con las máquinas que con los humanos, una característica que antes era exclusivamente de los informáticos pero que se ha extendido a gran parte de la población del planeta. De nada nos vale tener más de dos mil “amigos” en Facebook o quinientos “contactos” en Linkedin si no sabemos quiénes son realmente, a qué se dedican en la vida, cómo llegaron a nosotros y sobre todo para qué nos sirve tenerlos en nuestra red de contactos.

Puede que hayan llegado a nosotros porque la misma red social lo sugirió ya que tenemos amigos comunes, como hace Facebook, o porque en algún momento les mandamos un email y su cuenta de correo está asociada a la cuenta con la que creamos nuestro perfil, como hace Linkedin; la cuestión es determinar si queremos tener ese contacto personal o profesional porque nos interesa o si lo aceptamos únicamente por mostrarle a los demás que visitan nuestros perfiles en las redes sociales la cantidad de contactos que tenemos. Además algo está claro, después de aceptar una solicitud de conexión, al menos tendríamos que enviar un mensaje al desconocido preguntándole quién es y darle las gracias por haber contactado con nosotros o por haber aceptado nuestra solicitud, en caso de que seamos nosotros quienes la hayamos enviado.

Y aquí es donde retomo el tema de las madres, porque ellas nos enseñaron buenas maneras. Yo todavía recuerdo (algunas veces con desagrado) cuando volvía a casa por vacaciones después de acabar las clases en la universidad, y mi madre me sentaba al teléfono y me hacía llamar a saludar a los amigos y familiares: “Porque tienes que tener buenas relaciones con todo el mundo, no sabes cuándo una persona te puede servir para algo”.  Tenía toda la razón, muchas de esas personas a las que llamaba para saludar me han ayudado en distintos momentos de mi vida, y lo hicieron con gusto gracias a mantener viva esa relación así fuera con una simple llamada telefónica.

El networking es una cosa, pero mantener los contactos vivos no se consigue haciendo click en el botón “Aceptar”, se consigue llamando de vez en cuando o enviando un mensaje sencillamente para saludar. Somos humanos y las relaciones se crean con el contacto real, que no tiene que ser físico necesariamente, pero sí personal a través de la palabra escrita o de la voz al otro lado del teléfono.

Volvamos a las buenas formas, hagamos networking real como el que hacían nuestras madres en el parque.

*Nuestra escritora invitada, hizo parte de nuestra sección Genio&Figura el pasado mes de Octubre durante La Semana Gótica de Madrid, ella es su directora y también es consultora, experta en gestión de proyectos, marketing y creatividad.

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