Suerte que es Navidad

Suerte que es Navidad

Después de diez años de vivir aquí debo admitir que todo lo que aconteció antes de acabar el 2006 en Barcelona, fue un completo disparate o un poco de mala suerte, tal vez.  Para empezar, tenía tan sólo un mes de haber venido a estudiar aquí, así que aún andaba a ritmo caribe, como en Barranquilla y ni siquiera miraba el termómetro para decidir qué ponerme antes de salir. Entonces… cuando Diciembre llegó me encontré con la sorpresa de que todo el mundo tenía planes para las fiestas de fin de año, menos yo. En ese momento, no entendí la magnitud de mi error, ni mi poca previsión para afrontar por primera vez esas fechas hasta que la familia sustituta que me acogió al llegar, o sea mis amigos, comenzaron a desaparecer.  No puedo decir que me dejaron sola, sino que simplemente ahí empezaron mis enredos.

Con la idea de celebrar las cuatro las fiestas navideñas típicas colombianas, empecé por convocar a los colombianos que aún quedaban en la ciudad la noche del 7 de diciembre. Aquí no se celebra la víspera de la Inmaculada Concepción, ni se encienden faroles de colores dedicados a la virgen en las puertas de las casas o en los balcones, no hay nada especial que hacer ese día.  Así que, unidos por la nostalgia de la fiesta de las velitas, como la llaman en Colombia, nos fuimos a una discoteca latina y pagamos una entrada a precio de lujo para sentirnos como en casa.  Pero nada más lejos de eso, porque en lugar de estar al aire libre, tuvimos que conformarnos con una discoteca herméticamente cerrada que olía a comida y a licor derramado, y en lugar de bailar salsa y vallenato toda la noche para celebrar, tuvimos que soportar tandas enteras de música carrilera y de despecho que convocaban al suicidio colectivo.  Y, como si fuera poco, la fiesta casi termina en tragedia porque alguien se empeñó en encender las velas en ofrenda a la virgen en una de las mesas de la sala, así que casi tuvimos que salir corriendo de allí.

Superada la primera fiesta sin aparentes conmociones, llegó el frío invierno, y con él un extraño dolor que me impedía doblar las rodillas totalmente, lo notaba sobre todo cuando bajaba las temperatura por las noches y al subir las escaleras del edificio donde vivía, porque  el ascensor estaba dañado. Entonces, decidí que pasaría un 24 de diciembre tranquilo, y opté por un plan más familiar ir con una pareja de amigos a celebrar la nochebuena con su familia en un pueblo Aragón, en la España profunda.  Pero, un día antes de alejarme del mundanal ruido, pasó algo inesperado que por poco me impide salir de la ciudad, me robaron la billetera con todos mis documentos y tarjetas en mis narices, en el que era el lugar de encuentro de todos los inmigrantes del barrio “el locutorio”, el cibercafé desde donde hablaba con mi familia y podía sentirme cerca de los míos en esas fechas tan difíciles. Así fue como pasé Navidad a -5ºC, adolorida por el frío y por la ausencia, pero con una familia maravillosa que no entendía mi mala suerte en estas fiestas.

Pero lo peor no acabó ahí, así que, con ganas aún de enderezar la temporada, dejé que mi compañera de piso hiciera planes por mí para el 31 de diciembre. Ella consiguió que una amiga suya me invitara a la cena de Nochevieja que hacía en su casa. Con mi poca prisa e inexperiencia en el transporte de esas fechas, llamé en un taxi que no llegó nunca, y cuando quise coger el metro para irme, tarde a lo sumo una hora en llegar a un destino por el que tardaría normalmente treinta minutos. Como pueden imaginar, llegué tarde a la celebración, tanto que se estaban yendo cuando yo llegaba; apenas si pude probar bocado porque no quedaba nada, se lo  habían comido todo, y lo que yo llevaba para la cena aún había que prepararlo. Así que a las 12pm. todo el mundo se dio un frío feliz año, y se despidió, incluida la anfitriona. Esa noche, terminé muerta del hambre comiendo pizza en cualquier esquina a las 3am.

Cuando llegó el 6 de enero, la última fiesta de la temporada, entendí que era inútil tratar de tener aquí lo que antes tenía allá, es que era materialmente imposible. En mi primer día de reyes no comí “tortell de reis” como le dicen aquí a ese pan dulce que repartes con la familia o los amigos mientras recibes los regalos de los magos de oriente, no tuve que buscar ni el haba ni el rey que se esconden en la masa que va por dentro de la torta, no tuve que pagarla, ni mucho menos ponerme la corona.  No tenía conmigo ni a mi familia, ni a mis amigos, así que, en realidad no había nada que celebrar.  Así que ese día me hice un único y especial regalo una entrada al cine y unas palomitas para ver una comedia romántica que me permitiera llorar y reír a solas, pero en paz.

Sinceramente creo que yo aterricé en España esa Navidad, y no antes, porque sólo en esas fechas comprendí la dimensión de mi decisión de dejar Colombia para venir a vivir aquí, entendí que todo lo que me había pasado no era una cuestión de mala suerte, sino que estaba sufriendo todos los cambios que implica moverse, porque migrar duele, física y emocionalmente. En lugar de tratar de encajar aquí estaba esperando que me aceptaran como yo era, con mi ritmo Caribe y mi agenda improvisada, y si quería quedarme todo pasaba hacer nuevos amigos aquí, intentar echar raíces y sobre todo, por intentar comprender los códigos de esta cultura.

Una de las paradojas de este país es ese humor escatológico que tienen para todo, y lo asociado que ello está a la suerte. Para desearte un buen augurio, los españoles dicen: Mucha mierda!  Por algo será… hay que pasar por unas cuentas cosas para que la suerte te acompañe.

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