El vaivén de la política

El vaivén de la política

En mi casa, el color de la ropa para ir a votar siempre fue tan importante como “el partido”, sobre todo para mi padre, médico de profesión y político por vocación. Mientras él hacía mítines, mi madre tejía su propia estrategia para poder votar por el partido de su familia, el de sus intereses, decía. Porque ella era conservadora y mi padre liberal, pero a diferencia de lo que pasaba en el campo colombiano, en mi casa no había guerra, se hacía lo que decía mi padre y punto.

Sin embargo en 1982, por primera, y única vez, cuando aún el voto no era secreto y había que mancharse el dedo con tinta roja para votar, mi madre se enfrentó a mi padre y se puso su vestido azul cantando el lema “¡Sí se puede!” de la campaña de Belisario Betancourt.  Yo tenía siete años, pero recuerdo perfectamente cómo mi familia materna había sucumbido al marketing de aquella campaña portando camisetas, gorras, y banderas que conseguirían el “cambio”, o sea volver a ser gobernados por el partido conservador.  Así que mi padre, alejado ya del Partido, desencantado de los cargos políticos (fue diputado en más de una ocasión, Secretario de Agricultura y de Salud) pero liberal a muerte, montó su propia campaña: pintó todas las rejas y barandillas de la entrada de mi casa de rojo liberal, para que todo el mundo supiera que, a pesar de todo, él estaba con su partido.  Mi madre puso el grito en el cielo, pero la pintura roja se quedó, aunque sólo durante unos días porque, al final, no soportamos la preguntadera de la gente por el insólito color de la decoración.

En 2016, soy yo quien canta ¡Sí se puede!, lema de Podemos, el partido de la izquierda emergente en la política bipartidista española.  Está claro que en política hay slogans que son universales, y transhistóricos, aunque los más conservadores los tilden de populistas, porque no pasan de moda si no que se mueven de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha, dependiendo de quien lo dice y cuándo lo dice. Así que 34 años después, estoy como mi madre cantando esperanzada  que el cambio para España sí es posible.

El lema de Belisario era popular, y aunque no aparece en las hemerotecas, era contagioso y animaba a una urgencia del partido conservador: vencer el poder liberal que gobernaba desde hacía ocho años en Colombia. El ¡sí se puede! emocionó a los conservadores fieles y recuperó a los arrepentidos. Y el cambió se dio, la participación política subió un 4,7% y los conservadores ganaron con una ventaja de casi un 400 mil votos. Todo un hito en la historia de las elecciones en Colombia hasta ese momento.

A estas alturas, todo en política está estudiado, los colores, los símbolos, los discursos y los lemas de las campañas son diseñados por expertos en marketing, pero, por curioso que parezca en estos tiempos, con Podemos pasó algo diferente. Su lema surgió de la motivación de muchos hombres y mujeres que se unieron a la huelga del 15 de mayo de 2011 para proteger sus derechos y paralizaron el centro de las grandes ciudades del país durante semanas para manifestarse en contra de los recortes en sanidad, educación y ayudas sociales del gobierno. Era la gente de la calle, la gente común y no una agencia, quien ponía de moda el ¡sí se puede!, pensando en el poder del pueblo, o quizá influenciados por nueva era de Obama y su Yes, we can!

Pero, aquí no se pudo. Después de cinco años ganando adeptos y dos elecciones convocadas en 2016, la alianza Unimos Podemos, que recuperó el espíritu de los partidos inconformes con el bipartidismo, quedó como tercera fuerza política en el país, con tan sólo con 71 escaños en el parlamento, frente a los 123 del PP, partido ganador. Después de semanas promulgando encuestas engañosas que daban a Podemos la victoria, los electores habían proclamado al Partido Popular como el auténtico vencedor de estas segundas elecciones, aunque las cifras no les alcanzaran para investir a su candidato como presidente.  Porque según la ley electoral en España, se necesita una mayoría parlamentaria para gobernar sin alianzas, y ni siquiera el PP pudo lograr tal hazaña, ni en los primeros, ni en los segundos comicios. Pero, los votantes, triunfantes, celebraron la victoria de los votos frente a la sede del Partido Popular cantando, saltando y aplaudiendo a Mariano Rajoy, un líder que se quedó sin palabras esa noche. Entonces, su gente, para matar el vacío, cantó unánime el coro prestado que rezaba: “Sí se puede”.  ¡Vaya ironía!

Lo que ha seguido a este desafortunado momento televisivo no han sido más que improperios entre rivales, acuerdos no firmados y frustración ciudadana. Tres meses sin gobierno en el que vimos estupefactos cómo los británicos apostaban por el Brexit y los colombianos le decían que no a los Acuerdos de Paz firmados con las FARC.  En España la suerte también estaba echada, el giro a la derecha era inevitable y la investidura de Rajoy era sólo una cuestión de tiempo. Así que, para evitar una tercera jornada electoral, el PSOE, partido socialista español, se abstuvo de votar si quería, o no, a Rajoy de presidente, otorgándole al PP, partido tradicional de derechas, la mayoría parlamentaria que necesitaba para gobernar. El bipartidismo ha muerto, rezaban muchos esa tarde en el Congreso.

Vuelvo a la historia que me motivó a escribir estas líneas y pienso que los recuerdos sucedáneos a las elecciones del 82 en  Colombia son confusos y erráticos, tanto como el mandato de Belisario Betancourt, porque el tema de los colores del partido, con la guerra que nos tocó vivir aquellos años, quedó en segundo plano en mi familia. Así que el último recuerdo que tengo de mis padres en un día de elecciones es verlos vestidos de blanco, como palomas mensajeras de paz, porque a esas alturas, no esperaban nada más de la política.

Irónicamente, mi padre le dio su último voto en vida al único presidente que ha abogado por la guerra y mi madre votó que no en el Plebiscito del pasado 2 de Octubre. La política es así, confusa y contradictoria como los electores, que perdieron la fe en las urnas, aquí y allá, que no salen masivamente a votar porque cuando lo hacen no cambia nada, no pasa nada, no hay acuerdos o no hay mayoría suficiente. Es imposible que hoy alguien se vista del color de su partido, porque a los electores, como dice Jordi Evolé nos encanta engañar a las encuestas, o es quizá que nos da vergüenza reconocer nuestras verdaderas preferencias políticas en público. ¿Cómo, si no, se explica que hoy sigamos estupefactos con la victoria de Donald Trump?

2 comentarios


  1. Tengo Muchos recuerdos de las discusiones de temas políticos en la puerta de tu casa, que hoy día son gratos recuerdos pero que en ese entonces eran muy hartos para mí. Un abrazo prima, Nos vemos pronto. Si se puede!


    1. Sí Any, con mi papá y mis tíos, y Federico, nuestro primo, crecimos en familias con un alto sentido político y esa es una herencia que vamos a conservar para siempre. Gracias por leernos!!!

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