Del otoño y otras decisiones…

Del otoño y otras decisiones...

Me encanta el otoño. Una gama de amarillos, verdes, rojos y púrpuras empiezan a pigmentar el paisaje anunciando la inminente llegada del invierno. El otoño canadiense es vistoso, policromático, pero corto. Cualquiera que vive aquí sabe que no dura más de cuatro semanas, si somos muy generosos; y nos prepara, en cambio, para sumergirnos en un invierno largo. Es un referente melancólico: lo bueno ha terminado, el reto se avecina. Pero aun así, me gusta.  Es la época de resoluciones, porque en Canadá, como en muchos países, la sociedad se organiza alrededor de las estaciones y es justamente en este período que toda la rutina vuelve a su curso normal: el trabajo, el estudio, los nuevos retos y aventuras son retomados luego de la larga pausa del verano. El otoño es un borrón y cuenta nueva.

Tal vez sea eso lo que me llame la atención de esta estación: en el otoño veo reflejada mi travesía, ese cambio de vida que me ha conducido hasta aquí. Un proceso con el que he aprendido a vencer una y otra vez mis miedos, a tomar decisiones arriesgadas y a redefinir mi autonomía. Hace más de cuatro años vivo en Montreal, uno de los centros culturales más importantes de Canadá; es la cuarta ciudad francófona más poblada del mundo.  Pero en realidad esta travesía no fue mi primer proceso de desarraigo.  Antes de venir, en otra época, había decidido dejar un empleo en mi ciudad natal e irme a vivir a la fría Bogotá.  Colombiana, de origen Caribe,  me habitué fácilmente al cambio y logré encariñarme con esa ciudad, gracias a todo lo que me brindó en esos ocho largos años: amigos especiales, recuerdos inolvidables. Fue allí donde consolidé mi experiencia en asuntos públicos e internacionales. Pero, hay que admitir, que en Bogotá compartía tanto la lengua como los mismos referentes culturales de mis coterráneos.

hoja_otonhoLa migración a Canadá fue, sin duda, la que tuvo un mayor impacto en mi vida. A diferencia de muchos proyectos migratorios, esta decisión no fue motivada por cuestiones económicas. Fue producto de una búsqueda de realización plena, un deseo de explorar otros mundos, más que otra cosa; desafiar la zona de confort en la que mi pareja, mi cómplice en el sueño migratorio, y yo nos encontrábamos. Con trabajos muy estables, queríamos experimentar más.

¿A dónde migrar? Canadá es reconocido por su apertura a la diversidad, igualdad y  multiculturalidad; coincidía con los valores que anhelábamos. Su programa de inmigración, uno de los más sólidos del mundo, nos dio seguridad.  No sólo nos lanzamos a empezar de cero, sino que lo hicimos en una ciudad con un bagaje cultural y lingüístico complejo. Oficialmente francófona, Montreal también tiene una considerable comunidad anglófona y una creciente población cuyo idioma materno no es ni el francés ni el inglés. Este retrato multilingüe se traduce en una compleja mezcla de nacionalidades, etnias, culturas, creencias políticas y religiosas que coinciden en un mismo espacio y en el que todas tienen voz. Es la pequeña Europa dentro de Norteamérica. Y aunque fue precisamente este ambiente único y cosmopolita lo que nos atrajo, en la práctica, esta apertura cultural y multilingüe fue conflictiva.

Todos los miedos que nunca sentí afloraron en este país: inseguridad, dependencia, incertidumbre, soledad. Pero a veces sólo necesitamos un gran empujón, un estímulo para retarnos y empezar a construir una libertad auténtica, libre de prejuicios y expectativas; un salto hacia la verdadera construcción de nuestra autonomía o, como alguien decía, descubrir los miedos que nos hacen valientes. Y fue lo que esta transición significó para mí.

Mi meta al llegar era clara: quería trabajar en mi campo profesional. No importaba que nadie me conociera o que me tocara volver a empezar, al igual que cuando me fui a Bogotá.  Para hacerlo, mi mayor desafío fue en el plano lingüístico. Aunque ya era bilingüe, pues hablaba inglés, crear un arraigo en Montreal y ubicarme a nivel productivo en mi profesión, implicaba irremediablemente la apropiación del francés. Aparentemente romántico, sonoro, el francés, como tercera lengua, no es fácil. Me llevó casi dos años de completa dedicación para llegar a entenderlo, escribirlo y pronunciarlo de manera fluida. Era como aprender a hablar, ¡a los treinta y tantos!  Me sentía, guardando las proporciones, como Jean-Dominique Bauby, el personaje del film “La Escafandra y la Mariposa” (2007), encerrada en mi cerebro sin poder expresarme como deseaba, apenas balbuceando frases; era frustrante como comunicadora social. Luego, escogí hacer mi maestría también en una universidad francófona. La apropiación de la lengua en muchos ámbitos del día a día me implicó paciencia, dedicación y tomar decisiones con cabeza fría una y otra vez. Hoy veo los resultados de ese proceso. Todavía me sorprendo al verme en un ambiente laboral completamente francófono. Llevo mi vida cotidiana de manera indistinta en inglés o francés.

Sólo llevo cuatro años aquí y ha valido la pena. Este proceso migratorio no sólo me ha ayudado a descubrirme como persona, sino también como mujer-profesional. En Canadá exploré facetas de mi formación que no conocía; probé múltiples opciones dentro y fuera de mi carrera.  Actualmente, trabajo como Consejera de Comunicaciones y Asuntos Internacionales en una de las universidades francófonas más grandes del mundo, la segunda con mayores recursos de investigación en Canadá. Muchos me dicen que tuve “suerte” al calificar rápidamente en un puesto de alto perfil, y en mi profesión. No lo creo.  La “suerte” se construye, no es casual. Estoy segura que como mi historia, hay muchas otras, con distintos matices y colores. Muchas mujeres migrantes han sabido aprovechar su experiencia para convertirla en el punto de partida de ésa, su travesía. Quién sabe si, como en el caso del otoño, ese sueño migratorio sea el preludio de un nuevo comienzo; el borrón y cuenta nueva.

3 comentarios


  1. Que bonita experiencia Katerine! Que valiente….
    Se necesita mucho coraje para atravesar todas estas incertitumbres. Bravo!

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    1. A nombre de Mujeres en Travesía, reiteramos la valentía y la perseverancia de Kathy, por ello hace parte de nuestro equipo. Te agradecemos por habernos leido.

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    2. Querida Michelle, como te comenté personalmente, agradezco tus palabras. Tú también eres una mujer muy valiente y decidida. Qué bien que disfrutaste de la lectura!

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