El fantasma de la Mujer Maravilla

El fantasma de la Mujer Maravilla

7 de Octubre de 2015

Voy tarde, si no salgo ya, perderé el autobús. Con el desayuno aún en la boca, y con el modo “mujer maravilla” activado, peino a mi hija, le doy un beso a mi marido y salgo corriendo. Hoy le toca a él llevarla a la guardería.  A lo lejos, veo a Úrsula que viene de dejar a sus niños en el colegio. También viene corriendo, nos miramos y nos reímos de vernos en las mismas. Nos queda más de media hora de camino para maquillarnos, revisar las redes sociales y compartir las historias de nuestros hijos, antes de entrar a trabajar.

Úrsula y yo pertenecemos a ese grupo de madres que se ha reducido la jornada laboral para poder criar a sus hijos. Y no es sólo una cuestión de dinero, porque si las horas no alcanzan, el sueldo tampoco. Lo que ganamos apenas cubre los gastos que generan esas maravillosas personitas. Nuestro trabajo es una cuestión de desarrollo personal, que nada tiene que ver con abandonar a los hijos, si no, más bien, con tener un tiempo para nosotras.

Ahora en el metro, rumbo al centro de Barcelona, Úrsula se despide de mí, ella se va con sus perfumes y sus cremas, y yo con mis productos de diseño. Una vez allí, dejo mis preocupaciones de madre para pensar en mi trabajo, en cómo hacerlo cada vez mejor, entro en un torbellino de gente que avanza hacia alguna parte, al trabajo, o de visita a la Catedral. Y me pregunto, ¿hacia dónde voy yo?, ¿qué perspectivas de desarrollo laboral o profesional tengo?

Al principio, cuando vuelves de la baja de maternidad, el trabajo te importa lo justo, haces los deberes, porque aún tu hijo está pequeño y tu cerebro sigue concentrado en la recién estrenada maternidad. Pero con el tiempo, cuando te acostumbras al ritmo, cuando tu hijo crece, y se vuelve más autónomo, quieres ser como antes, quieres más responsabilidades, pero prácticamente no puedes.  Mi familia, como la de muchas madres latinas, está lejos y eso implica tener que pedir a mis suegros que recojan a mi hija, le den de comer o la duerman, cuando su padre trabaja. Hacer que ellos dejen de hacer sus cosas para hacerse cargo de las mías, para que yo trabaje más horas fuera de casa.  No, está claro que en este momento no puedo hacerlo.

Pero, este mundo laboral no está preparado para aceptar que trabajes menos. Mi amiga Anna, que fue madre en pleno ascenso de su carrera laboral, tuvo que volver a trabajar al mes de nacido su hijo porque le dijeron que su reemplazo no lo hacía bien. Igual que Núria, que tuvo que cubrir unas vacaciones mientras estaba de baja de maternidad de su segundo hijo. Ya sabemos que la ley obliga a las empresas a respetar la baja maternal, pero la realidad es otra. Son muchas las mujeres, aquí y allá, que tienen que sortear estos obstáculos en su vida profesional para no estancarse profesionalmente. Algunas viven física y mentalmente agotadas, son víctimas del síndrome de la mujer maravilla y esperan ser perfectas madres, trabajadoras, amas de casa, esposas, amantes, amigas. Lo quieren todo y aunque algunas lo logran, muchas veces el precio a pagar es la salud.

De vuelta a casa, después de una jornada de trabajo todo tiene menos glamour, estoy cansada, sin maquillaje, tengo la batería baja, y sobre todo mucha hambre, pero aún debo guardar algo de energía para llevar a mi hija al parque, hacer un dibujo con ella, bañarla, leerle un libro, dormirla y preparar todo para el día siguiente.  Afortunadamente, la otra mitad del trabajo ya está hecha, somos lo que llaman, una familia moderna, y mi marido es capaz de cocinar y cuidar de nuestra hija. Es mi media mitad y así como yo no necesito ser una superheroína, él tampoco es Superman. Y cuando llego a casa, nos deja un rato solas para salir a hacer sus cosas, ya tendremos tiempo para nosotros por la noche.

Las mujeres latinas de mi generación crecimos viendo los capítulos de la Mujer Maravilla, esa mujer de medidas perfectas y pelo largo que lucha por la justicia. Nosotras luchamos por nuestros hijos, por el trabajo, por la igualdad laboral, por tener los mismos derechos que un padre trabajador. Pero a la larga llevar este ritmo frenético no es sano, ya lo dicen los expertos. Porque cuando cae el sol y te quitas la capa que crees llevar, no queda más que una mujer como cualquier otra, que ha hecho malabares muy humanos, para superar los retos del día a día.

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