Arrels, Raíces

Arrels, Raíces

Durante alguna de mis múltiples aventuras infantiles en la biblioteca de mi casa en Barranquilla descubrí sin querer el libro “Raíces” de Alex Haley.  Recuerdo que su portada me impactó mucho, sentía que aquellos hombres negros con el pecho descubierto, atados con cadenas en el cuello y encerrados en aquella mazmorra no podían ser otros que mis antepasados. Ese era el color de mi padre y aunque mi mamá es blanca, en Colombia siempre me sentí más afrodescendiente que cualquier otra cosa. Esas eran mis raíces, eso era lo que me representaba.

Cuando migras todos esos referentes cambian, se transforman, y parece que tus raíces se mueven en la travesía, como cuando el viento agita las hojas de los árboles en Otoño.  Hace diez años, cuando llegué a Barcelona, esta ciudad era tan sólo el lugar ideal para venir a estudiar y dejarse llevar por lo que pudiera pasar, así que no pensaba en el futuro, no quería decidir nada.  Pero, una vez pasada la novedad intuí que no volvería a la que era mi casa porque quería seguir viviendo la aventura de emigrar y construir mi nueva casa aquí.  Así que decidí empezar a crear mis primeros lazos con este país estudiando Catalán.

Sorprendentemente, pasé de no aceptar la sonoridad de la lengua, a entender sus avatares históricos y los lazos que sus gentes habían tejido en Barranquilla: los apellidos Carbonell, Roca, Abello o Ripoll, que tanto resuenan en la ciudad, las palabras que usamos en común, como el mico o la crispeta, algunos nombres de lugares icónicos como la playa de Salgar (S’algar en Menorca, donde también se habla Catalán) y la influencia que ejerció el sabio catalán Ramón Vinyes sobre el grupo de artistas más grande que haya tenido la ciudad: el grupo Barranquilla- Gabo incluido.

Empezaba a sentirme cada vez más arraigada, y la lengua era un vehículo para lograrlo, así que me lancé a hablar Catalán cada día en el trabajo y recuerdo que recibí muchos elogios por mi esfuerzo. Me decían que había mucha gente que llevaba años aquí y no lo hablaba.  Poco a poco, fueron apareciendo los lugares comunes, los paisajes de arrozales que me recordaban la cuenca del río San Jorge, de donde viene mi madre, incluso la misma horchata, que las mujeres su pueblo tomaban durante la lactancia para recuperarse después del parto, allá era de ajonjolí (sésamo) y aquí de chufa. Y ni hablar de los dulces tradicionales que me encontraba en los pueblos recónditos donde la gente nunca quiso hablar Español, o no aprendió a hacerlo.

Tres años después, yo pensaba que mi vida no había cambiado en nada, que yo seguía siendo la misma afrocolombiana de siempre, que cuando se encontraba con sus paisanos se sentía más costeña que nunca, sólo que ahora también hablaba Catalán. Había quien no lo entendía, bien sea porque había sufrido las discriminaciones propias de la inmigración, o porque se había refugiado en el gueto.  Yo también he tenido que escuchar cómo la gente usa palabras despectivas para referirse los inmigrantes o crítica mis raíces africanas sin saber que yo también soy uno de ellos, y créanme he aprendido la manera de combatir los mitos de la inmigración: hablando su mismo idioma.

La palabra “arrels” significa raíces en Catalán y se usa para determinar -legalmente hablando- que has pasado de ser un estudiante o visitante, a ser un residente permanente. Es una palabra que evoca todos esos amarres invisibles que te vinculan a un lugar, una casa, una familia y, en mi caso, también el mar, porque una de las cosas que me hace sentir en casa es poder ver el mar.

Hacer tu casa, no sólo es cuestión de tener un lugar donde dormir o tener hijos, es también tener un hogar, una familia y la posibilidad de meterte en el tejido social de tu país de acogida: tener vecinos que te cuentan historias, conocer a sus hijos, crear un círculo de amigos, celebrar sus cumpleaños y acompañarlos en los tiempos difíciles.  Es en ese momento cuando empiezas a jugar de local.

Yo lo noté especialmente cuando nació mi hija, ella es como el mar, con su brisa fresca vino a este mundo cuando tenía siete años de vivir aquí, y llegó para hacerme sentir, por fin, parte de este lugar. Desde que nació descubrí la comunidad que se había tejido a mi alrededor, que se afianza y fortalece en cada etapa del arraigo. Ahora ya tengo el pasaporte, he superado la etapa legal de residente -o tal vez, expatriada- con creces y mucho trabajo, pero me siguen saliendo raíces. En cada etapa que vivo con ella y con su padre descubro lo maravilloso que es ser un poco de aquí y un poco de allá.

 

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