La mirada divergente

La mirada divergente

Cuando te marchas del país, sea cual sea la razón, te quedas con una última imagen grabada en la memoria, un momento inexplicable que puede representar esa toma de consciencia, ese salto definitivo en la vida que nos llevó a migrar.  Tu inconsciente queda impregnado de esa memoria emocional como una tinta indeleble, que salta en los estadios más inesperados pero también en los más importantes, en los que marcan nuestra historia. En situaciones en las que podemos trascender o no, a través de nuestra propia consciencia.

Aferrados a ese recuerdo, discurren muchas de nuestra opiniones sobre la forma de vida y la política en nuestro país de origen. Y nuestro únicos referentes, en ese sentido, son la familia, las opiniones de nuestros amigos, o conocidos, y por supuesto, la información de los medios y redes sociales. Ellos son nuestra fuente, una fuente cargada de subjetividad y parcialidad, que unida a todas esas imágenes emocionales que guardamos en la memoria, forjan nuestro criterio.

Cuántas veces hemos escuchado que nuestra condición de emigrantes nos inhabilita o no nos permite opinar acerca de lo que ha sucedido durante los últimos 10 o 15 años en el país, periodo decisivo para llegar al momento histórico en el que nos encontramos. Hemos asistido con tristeza a la batalla campal que se han librado en las redes por cuenta del Plebiscito, hemos verificado que las heridas siguen abiertas, los resentimientos siguen latentes y que quizás un proceso a corto plazo puede no ser suficiente para metabolizar tantos años de conflicto interno, porque esa guerra nos la hemos apropiado todos.

No obstante, hemos decidido teorizar sobre el ideal de asistir a un consulado a votar, y si técnicamente pudiéramos hacerlo, nos decantaríamos, sin lugar a dudas por el Sí. Porque tenemos la esperanza de que nuestros hijos, también colombianos, aún nacidos en territorio europeo puedan conocer una historia distinta a la que ya vivimos nosotras antes de venir, y la que hemos padecido de lejos, con la incertidumbre de no estar ahí.

Abordar el tema del plebiscito para refrendar los Acuerdos de Paz con las Farc ha implicado para Mujeres en Travesía una íntima reflexión sobre nuestra condición de sujetos políticos. Por este motivo, nos decidimos ahondar en la consciencia de otros colombianos en Europa, para conocer su opinión, más allá de los 140 caracteres y el me gusta de la foto, y saber qué los motiva a votar, o a abstenerse de hacerlo.

Estas son las opiniones

Janet Núñez. Diseñadora de madera y talladora de madera. España

Me parece que yo no soy la persona más apropiada para decir no, entre otras cosas porque SÍ quiero la paz para Colombia y, además, porque no me he leído las 300 páginas del documento. Por cierto, me parece oportunista que el gobierno dé tan poco tiempo a los ciudadanos no sólo para leer, sino para hacer pedagogía y debatir si esos términos convienen o no. Yo sí quiero la paz, pero para mí esto no es más que una tregua: con las condiciones sociales existentes, el estado de desigualdad que hay en Colombia, el desequilibrio de fuerzas y el hecho de que los problemas nunca se han atajado de raíz empezando por la corrupción política y militar. Me parece que aunque se haya firmado un acuerdo de paz y luego gane el sí ratificatorio de ese acuerdo, las condiciones están impuestas para empezar al cabo de poco tiempo una nueva guerra, ya que son los ciudadanos cada vez más empobrecidos, desterrados, sin trabajo y sin futuro, esos que describió Eduardo Galeano como “cuestan menos que la bala que los mata”,  los que están en el medio del sándwich de varios intereses cruzados”.

Yo creo que no hay un solo Colombiano que no haya vivido la violencia directa o indirectamente. En nuestra familia, en particular, vivimos el secuestro del papá de mi cuñada, un pequeño ganadero de Fundación hace ya más de 20 años. En su finca han entrado a robar todos: los paramilitares y la guerrilla. A ambos bandos había que darles una vaca y frutos de la tierra cada cierto tiempo y dejarlos acampar en sus terrenos cuando les daba la gana. Tuve un compañero de universidad desaparecido en la guerrilla, que era buen amigo mío, otro que está exiliado en Noruega con nuevo nombre y nueva vida. Si me dedico a hacer memoria seguro que aparecen cientos de cosas más. Eso aparte de los más de dos mil integrantes de la Unión Patriótica, muertos por ir contra las 16 familias que gobiernan a Colombia desde hace décadas.

Danny González. Estudiante de Doctorado.

De común acuerdo, con un grupo de amigas y amigos que no podían votar, por no estar registrados en el Censo de 2013, decidimos hacer el trabajo voluntario de jurados de votación. Esa convicción, como ciudadanos, de que la paz es un bien común, y de que, como colombianos debemos hacer el bien a las generaciones venideras, nos hizo decidir que nos ofreceríamos por el país sin pensar en otra cosa que el bien común.

Algo me mueve a creer que de no votar afirmativamente para refrendar estos acuerdos la historia nos cobrará un precio muy alto por la estupidez. Las alternativas ya se extinguieron. El último reducto de esperanza para recobrar la fe, es ser valientes y demostrar que somos ciudadanos del mundo. Con el Sí, el mundo desplegará su reconocimiento sobre un pueblo que fue capaz de cambiar su destino.

Vi como la violencia se llevó a muchos amigos y familiares muy queridos. Porque hoy se cree que la guerrilla y Pablo Escobar son los causantes, cuando es evidente que es una trama más compleja. El paramilitarismo dejó las armas cuando creyó que había realizado su trabajo, extinguir la conciencia de una oposición representada en los partidos de izquierda. Los efectos en mi caso han sido directos, porque afectaron mi conciencia ciudadana al grado de pensar que las cosas podían cambiar en Colombia, e indirectamente por permear toda la vida colombiana alrededor de un pesimismo impresionante.

Son muchas las opiniones alrededor del plebiscito, forjadas a partir de un sentimiento de odio al conflicto no superado, o de la ilusión de un sueño no cumplido: vivir en paz. Nosotros, los de fuera, los colombianos de acá, no vamos a decidirlo, no somos mayoría en esta convocatoria, pero no podemos quedarnos al margen de la situación, ni aferrarnos a los sentimientos o resentimientos que nos desplazaron a estas tierras. ¿Acaso no podemos querer para Colombia el mismo bienestar social del que gozamos aquí? La Paz es un comienzo y un compromiso colectivo con el futuro.

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