El ritmo Caribe

El ritmo Caribe

Si hay algo que debo agradecerle a Barcelona es que me ha enseñado a ganarle la batalla al tiempo. Cuando vives a este lado del Atlántico, el tiempo puede llegar a marcar el ritmo de tu vida por completo, y dominarlo me costó  largas caminatas por no mirar bien el mapa, bajar en la parada de metro equivocada, llegar tarde a ver casas en las que nunca se abriría la puerta, coger un catarro por llevar manga corta en otoño, perder trenes, aviones… todo, por no controlar el reloj, no saber leer mapas y no mirar el termómetro.  Aquí todo es cuestión de tiempo y eso lo tengo claro porque ahora también me dedico a vender relojes.*

La hipótesis popular es que todo ese caos mental se debe a mi origen, a mi “ritmo caribe” y yo me niego rotundamente a aceptar que ese concepto sea sinónimo de impuntualidad o que se relacione con una patología exclusivamente caribeña. El tiempo es el tiempo, sí, aquí y allá, pero, aunque leemos igual la hora, nos movemos de manera diferente, nosotros no buscamos controlar el compás de las olas o calcular la cadencia de los cuerpos al andar. ¿Acaso se puede medir el ritmo caribe con un aparato suizo? Desde luego que no! no hablamos del mismo concepto, porque en este sentido el ritmo no tiene nada que ver con el reloj.

La culpa de este errado concepto la tienen los folletos de las agencias de turismo que viajan al Caribe. En ellos, parece que viviéramos suspendidos en el tiempo y no tuviéramos que mirar el reloj para nada. Con esa idea migran como aves en Agosto miles de europeos buscando grandes complejos hoteleros a la orilla del mar donde no tendrán que volver a preocuparse del tiempo, ni del resto del mundo. Es una idea fascinante y tentadora para ir de vacaciones, pero ese no es el ritmo del Caribe que yo conozco, del Caribe real, el que yo he vivido está más allá de las puertas del hotel y se mueve con otro son, aquel “tumbao” que tenemos al caminar, bailar sin hacer la cuenta, movernos en un tiempo sin tempo musical definido, sentirse uno solo con el sol.

El viento y el mar son representaciones simbólicas tan extendidas entre la gente, que se nos ha olvidado lo que también somos. En el Caribe que yo conozco te venden pan en bicicleta o te hacen granizado en una máquina del siglo XIX.  Allá puedes comprar cigarrillo por unidades o pagar sólo dos minutos de conversación telefónica, porque la necesidad llena las esquinas de vendedores ambulantes de chucherías, tabaco y llamadas.  También hay hombres que se ganan la vida arriando un carro de mula para recoger los escombros de las obras y mujeres que van de oficina en oficina vendiendo perfumes y productos de catálogo.

A ritmo caribe somos capaces de reinventarnos cada día.  Según datos del Banco Mundial el cincuenta por ciento de la población activa en Latinoamérica y el Caribe sobreviven “buscándose la vida”, es decir, trabajan de manera informal, son emprendedores naturales. La otra mitad de la población activa hace trabajos temporales, o trabaja en empresas frente a un gran reloj de pared que marca su hora de llegada y salida, para recibir como recompensa un cheque a fin de mes. Si tienes suerte y eres jefe o personal “de confianza” puedes quedarte un poco más trabajando, ganar más dinero y prestigio. Acaso eso no es exótico, verdad?  

Desde la distancia, sigo pensando, que a pesar de las diferencias conceptuales, allá tenemos más tiempo para todo y que todo lo que hacía en mi vida anterior lo hacía con mayor pasión y entrega.  Y entonces, ¿por qué te fuiste?, me preguntan. Yo respondo: “Pues, porque cuando se acaba la pasión y el sol empieza a molestarte o el viento a despeinarte, te cansas, y no vuelves a pisar el mar porque te parece demasiado salado”. Así fue como me fui a buscar otros ritmos, en otros lugares, con otra gente, otro clima y otro tempo musical.  

Aquí, las cosas que hago no son las mismas, desde luego, mis prioridades y mis proyectos son otros, y no son sólo míos, porque ahora tengo una pareja y una hija.  Aún así, siento que nunca más sabré cómo aprovechar mi tiempo al máximo, cómo lo hacía antes, en el Caribe.  Trato de no olvidar mi ritmo interior, pero trabajando al compás del tiempo que marca el reloj: calculo llegar quince minutos antes de la hora de entrada al trabajo, tengo todo listo antes de tomar los diez minutos del descanso en mi jornada, también cálculo el tiempo de espera entre un tren y otro, el tiempo que tardo caminando desde mi casa a la estación y de la estación al trabajo.  Al final lo he conseguido, pero siempre me estoy quejando de que no tengo tiempo, como todo el mundo aquí.  ¿Acaso no es irónico mi trabajo? Intento venderle tiempo a gente que no lo tiene.
*Escrito mientras trabajaba como dependienta de una tienda de regalos y souvenirs para turistas en el centro de Barcelona, antes de estar ¡en caída libre!