¡En caída libre!

¡En caída libre!

Cuando salí por la puerta supe de inmediato que no había vuelta atrás, era el fin de una era. Minutos antes, había tenido una de esas incómodas conversaciones de trabajo donde no sabes si te están invitando a marcharte o te están presionando para que rindas al máximo y te quedes en la empresa. Una ambigüedad que, de igual manera halaga tu trabajo, como también somete a juicio tu entrega. Decían que vendía mucho, pero que ya no era la misma, y que esta versión de mí no encajaba ni con mi personalidad, ni con el proyecto, así que me propusieron tomar una semana de mis vacaciones para pensar si quería irme o prefería quedarme.

La decisión llegó muy rápido, creo que lo supe mientras caminaba del despacho de la dirección hacia la puerta de salida, y aunque en ese momento no quise aceptarlo, tiempo después, rebobinando toda la conversación en mi cabeza y revisando todas las secuencias posteriores a ese momento, entendí que ese fue el principio del fin. Inmediatamente, después de salir por la gran puerta principal todo lo que dejé atrás dejó de importarme, caminé lentamente tratando de hacer una última una foto fija al que había sido mi lugar de trabajo durante algunos años, para capturar imágenes de las personas y los objetos que me ligaban a él, pero ante mis ojos el gran palacete gótico se veía vacío, más frío y lúgubre que nunca.

Cuando salí empecé a pensar en mi nueva travesía y, por primera vez, después de mucho andar de prisa, caminé despacio porque no tenía miedo a perder el tren, ni estaba impaciente por llegar.  En ese momento, yo sólo buscaba alargar el tiempo con mis pasos, suspenderlo por un instante, caminar sin rumbo fijo y ponerle música a este episodio de mi vida.  

De mi memoria surgió la voz aguda y la guitarra melódica de Tom Petty.:  I’m freeeee… Free fallin. Free fallin, now, I’m… free fallin.. Yeah, i’m freeee, free fallin!!!  Me emocioné tanto al recordar a Tom Cruise en Jerry Maguire (1993) buscando en la radio una letra que cantar, una banda sonora para ese momento: acababa de ser despedido de su trabajo. Se le ve pleno, sonriendo, cantando a todo pulmón, siguiendo la letra de Tom Petty que sonaba de fondo mientras Jerry le pegaba al timón de su coche al compás de la música, hilarante. Ese momento es una oda a la libertad, porque en realidad sólo ahora era libre, como yo.

Pero, ni siquiera había empezado a cantar cuando, por un momento me vi a mi misma con el cinturón desatado: ¿ahora, a mis 40, con una hija de 3 años, una socia en Italia y un mundo de proyectos inciertos por delante, vas a dejar tu cómodo sueldo para lanzarte a la aventura?  Sí, sin lugar a dudas, estaba decidido, y por dentro yo lo sabía. Porque en ningún momento he sentido ese vacío en el estómago que surge ante la incertidumbre, ni ha habido siquiera un asomo de resentimiento por lo ocurrido o un sentimiento de pérdida (del trabajo) en mi interior.  Lo que me empujaba a saltar, a salir de allí, era un impulso más grande: el desafío a las leyes de la comodidad.  

Diez años después de mi segundo aterrizaje en Barcelona -el definitivo, el que cambió mi vida, el que me convirtió en estudiante, en becaria, en compañera de piso, en esposa, en madre trabajadora, en extranjera- volvía a cambiar mi destino. No sólo cambiaba de trabajo, si no de lugar social, al fin y al cabo, después todos esos adjetivos superados, por fin jugaba de local, y me sentía capaz de volver a ser mujer, profesional y, empezaría de nuevo a ser emprendedora.  

Los inmigrantes son emprendedores naturales, dice la doctora Heidy Guzmán, psicóloga experta en procesos migratorios. Emprendemos un camino diferente, sin referentes posibles y empezamos a construir una nueva vida, trabajamos por conseguir un espacio en esa sociedad que nos acoge, nos esforzamos por hacer amigos, por salir del gueto, y sabemos que lo que logramos tiene una cierta envergadura, es importante para la sociedad, porque para migrar hay que cambiar, hay que enraizarse. Esta es la idea que nos ha inspirado a Lina Scarpati y a mí a crear Mujeres en Travesía, un espacio para contar nuestras historias y la forma en que vemos el mundo desde la otra orilla.  

 

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